La libertad es
la película más transparente del cine argentino de los últimos tiempos. Pero
también es la más indescifrable. Tan solitaria como su protagonista, tan
alejada de sus contemporáneas, parece reclamar una explicación que esta nota
intenta compartir con su director. por
Quintín.
Hace algunos meses, cuando
empezábamos a buscar material para el Festival de Buenos Aires y por ningún
lado aparecía una película argentina terminada, alguien me indicó que había una
sobre un hachero en La Pampa (de la que mi interlocutor sólo recordaba que al
director le decían “El Panza”) y sugirió que tal vez me
interesaría echarle un vistazo. Días más tarde conocí a Lisandro Alonso, un
casi adolescente tímido, de pelo largo, que trajo el cassette con una actitud
que, ante la falta de referencias, interpreté como humilde o insegura. Ver la
cinta implicó la inmediata selección del film para la competencia
internacional, pero lo rotundo y evidente de la decisión me sirvió de excusa
para no pensar demasiado en la película (un vicio de programador que adquirí
muy rápidamente).
Unas semanas después recibí un
llamado telefónico de Alonso que me anunció que La libertad había sido elegida oficialmente para participar de un
festival en Francia. “¿Qué festival?”, pregunté. “Cannes”, contestó Alonso como
si pronunciara un nombre desconocido mientras a mí me temblaba el teléfono en
las manos, confirmaba que el tipo era un marciano y calculaba que habíamos
perdido un puesto seguro para la competencia porteña y que sería difícil lograr
que el festival más celoso de la exclusividad nos autorizara a exhibirla aunque
más no fuera una sola vez (lo que ocurrió casi de milagro a último momento).
De todos modos, la noticia no fue
una sorpresa. Estaba claro que si algún film argentino iba a participar de la
selección oficial de Cannes, debía ser La
libertad. Saltaba a la vista que era
una película distinta, radicalmente distinta. Tanto para el distribuidor local
que me dijo furioso “Eso no es una película” como para Pablo Trapero y Martín
Rejtman que decidieron asociarse para ocuparse de la gestión comercial. Sin
embargo, más allá de la confirmación de que La
libertad era un film importante, de que su singularidad la destacaba sin
confusión posible, había una serie de preguntas que seguían sin plantearse.
En primer lugar, si no se trata
de un documental. Después de todo, el argumento de la película se puede resumir
en una línea: veinticuatro horas en la vida de un hachero en La Pampa. Si uno
intenta ser menos sintético, puede extenderse diciendo que el film muestra cómo
el protagonista corta árboles, come, duerme, camina por el monte, va al pueblo
y vende la madera, compra provisiones y habla por teléfono. Pero además, por la
diabólica habilidad con la que Misael Saavedra maneja el hacha, por la
alucinante economía de esfuerzos que emplea en su tarea, no caben dudas de que
se trata de un leñador verdadero. (Un desafío para Hollywood sería entrenar a
un actor del método para que hiciera de Saavedra en la remake americana de La libertad, un film que llevaría por
título Wood and Freedom.) Como
escribió el crítico canadiense Mark Peranson, esta es una película sobre el
Maradona de los hacheros. Sin embargo, la cámara no sigue al protagonista ni lo
interroga, sino que este actúa para ella. En todo caso, hay un encuentro en la
mitad del camino entre un cineasta y un personaje. Pero, sobre todo, no hay en La libertad ningún atisbo didáctico ni
tampoco un afán de testimonio ni de investigación antropológica: no es esta una
historia de la Argentina secreta. El secreto es el film en sí mismo, el
misterio que rodea sus imágenes fascinantes e imposibles de interpretar o de
adscribir a una intención, su título ambiguo, su carencia de filiación
aparente, su estatuto de verdadero ovni en el cine nacional y en cualquier
otro.
En Cannes, la película despertó
curiosidad y sorpresa, dividió las opiniones aunque la mayoría fueron
favorables. Exhibida en una sección (Un
Certain Regard) cuyos títulos tienden a perderse para reaparecer más
adelante en lugares donde hay más tiempo para emitir un juicio meditado, no
pasó inadvertida. Y aunque perdió la Cámara de Oro ante un film sobre
esquimales que manipula el exotismo, tuvo críticas como la de Le Monde donde Thomas Sotinel leyó el
film casi con clarividencia: “Todo el arte de Lisandro Alonso es el de
escamotear las 22 horas y 47 minutos que le faltan al film para mostrar la
verdadera jornada de Misael. Pero aunque la película sea así de simple, obedece
a principios de puesta en escena y de montaje muy rigurosos, y la impresión de
extensión y lentitud no es más que eso, una impresión. La libertad es un logro intrigante que hace aflorar con gracia y
gravedad la superficie de un mundo y de su único habitante. (... ) La libertad
del título es la que se encuentra al cabo de un extremo despojamiento y Misael
está mostrado como una especie de asceta involuntario. (... ) Misael no actúa y
testimonia una indiferencia soberbia frente a la cámara. Pero ejecuta cada una
de sus tareas con una economía de gestos y una energía tan lentamente destilada
que su jornada se transforma en uno de esos espectáculos magníficos que la vida
ofrece a veces por accidente”.
El texto de Sotinel responde
algunos interrogantes fundamentales que
plantea la película y ofrece las claves para situarla en el lugar debido.
Básicamente da cuenta del placer que proporciona, caracteriza apropiadamente al
protagonista y establece las pautas de la estética minimalista y refinada del
film. Pero además da cuenta de su pertinencia como film, de que su autonomía
está alejada del capricho.
No todos, por supuesto, le
entraron a la película por el lugar adecuado. Una periodista americana nos
decía en Cannes que se había ido a la media hora porque no veía “ninguna idea”
detrás de la película. Luego de recordarle la frase de Godard de que las ideas
no se filman, le dijimos que la película permitía disfrutar de la jornada del
hachero, pero pensó que la estábamos cargando. Otro despistado fue Michel
Ciment, conocido crítico francés, que reconoció en el film (despectivamente) la
influencia de Chantal Akerman. Pero dijo algo gracioso: “Si en lugar de cortar
esos árboles finitos, el tipo cortara un tronco de seis metros de diámetro, la
película duraría tres horas y hubiera ganado el premio de la FlPRESCI”. La
tontería de la afirmación tiene su jugo: Alonso ahorra esfuerzos como cineasta
casi con la misma elegancia con que Saavedra lo hace como leñador. Pero los
jurados (esta es una regla general) aman la transpiración. Y algunos críticos
aman las explicaciones o, mejor dicho, las películas que les permiten darlas.
Insinué más arriba que La libertad es la película más rara que
haya dado el cine argentino de estos años. El calificativo suele usarse para lo
barroco o lo bizarro, pero en este caso se aplica a un objeto extremadamente
depurado, perfecto podría decirse. Una película que apunta a un objetivo y lo
logra exactamente, sin dejar margen para la discusión. ¿Qué podría
reprochársele a un film donde es obvio que no sobra ni falta ningún plano, en
el que no hay un acento falso, un propósito confuso o una concesión posible?
Aun así, algunas preguntas subsisten. Sobre todo, de dónde salió una película
como esta, quién es ese extraño director de pelo largo, a qué apunta, desde
dónde concibió esta aventura formidable y cómo la llevó a cabo. Para
averiguarlo, me encontré con Alonso a la vuelta de Cannes.
¿Cómo llegaste a hacer La
libertad?
Tengo 25. Entré a la FUC a los
17, hice tres años y dejé. Me fui a trabajar con Nicolás Sarquís, que estaba
por filmar Sobre la tierra pero
también estaba a cargo de la sección Contracampo en el Festival de Mar del
Plata. Trabajé dos años de cadete. Sarquís me decía andá a copiar esta
película. Yo la copiaba y de paso la veía. Me mostró un panorama distinto,
tanto del cine americano como del que se estudiaba en la universidad. Eran
películas con personalidad, distintas. En esa época se abrió la posibilidad de
ver esas películas. A Kiarostami no lo conocía nadie acá. Descubrí un cine más
raro, más personal que me interesaba más. Yo pensaba en hacer una película que
pudiera entrar en Contracampo. Después trabajé de ayudante de dirección en Sobre la tierra. Sarquís es un
apasionado, es un tipo severo que quiere lo que hace y como programador trataba
de mostrar el cine que le interesaba. Pero después
él se quedó sin proyectos y yo había alcanzado un techo. No tenía nada que
hacer en Buenos Aires. No me interesaba trabajar en publicidad, dejar el
currículum para ver si me llamaban y todo eso. Me fui al campo de mi viejo que
queda en La Pampa, a 800 kilómetros de Buenos Aires. Está en el medio de la
nada, un lugar en el que salís a caminar y no encontrás a nadie, que te tenés
que trepar a un árbol para ver el molino y orientarte, donde se te puede cruzar
un puma. Ahí lo conocí a Misael y se me ocurrió hacer la película. Estuve
hablando con mi viejo un año y medio para que me diera la plata. Era la única
forma. Si iba al instituto o a ver un productor con las cinco páginas que tenía
escritas no me iban a dar mucha bolilla.
¿Cuánta plata fue?
Unos treinta mil dólares. Para la
película virgen, el alquiler del equipo, la comida y el revelado. Nadie cobró.
La hicimos en diez días, la edité en video muy rápido porque no había grandes
cambios, eran todos planos secuencia. Quedó un video y pensé que para terminarla
no tenía que pedirle más plata a mi viejo. Porque si a nadie le interesaba no
tenía sentido. O iba a invertir en algo a lo que no se le daba valor. Lo peor
que podía pasar es que quedara como una experiencia para diez personas. La terminé en enero de
2000 y después me fui a Córdoba a trabajar de ayudante de sonidista en El descanso. Después volví y estuve
corrigiendo pavadas hasta diciembre, que se empezaron a interesar en Buenos
Aires y en Cannes y el Instituto puso lo que faltaba para terminarla.
Sabías que era una película distinta…
Para mí tenía un tope de 5.000
espectadores. Ahora vamos a ver si hacemos 3.000. Hay mucho riesgo y el
espectador no tiene de dónde agarrarse. Aun en las películas de un festival,
donde se elige con otro criterio, las películas tienen más para agarrarse: una
historia, diálogos, información, planos detalle, emociones previsibles. Pero yo
no quiero contar una historia, lo único que me interesa es observar. Que la
película genere una incertidumbre, o en todo caso que sugiera. Quiero que el
espectador invente su película en la cabeza. Se trata de observar acciones,
comportamientos, movimientos. En general lo que hay que observar está marcado,
inducido por el guión que orienta la mirada. No quiero hacer eso y tampoco me
interesaba informar como en un noticiero cuánto ganaba un hachero o cuántos
árboles corta por día. Quería observar atentamente y poner al espectador en esa
situación, que se pregunte qué tiene que ver lo que está viendo con su propia
libertad, por ejemplo. La única manera que encuentro es no dar información, no
poner diálogos, dejarlo solo al personaje. Si entra en una conversación común
pierde vuelo, se hace convencional y se parece a una película sobre un tipo que
va a una discoteca en la que se reconocen todos los tipos que van a la
discoteca y dicen las mismas cosas. En cambio así es un espejo para el
espectador en el que se ve a través de alguien completamente distinto pero que
es igual a él cuando está solo. Es un espejo, pero vacío. Alguien me dijo que
es una película sobre un tipo pensando. Creo que es una película sobre el
espectador pensando al chocar contra algo que es diferente, enfrentándose con
la nada a través de un personaje impenetrable.
Pero Misael no es un tipo cualquiera…
No, seguro, es un ser muy
especial. Tiene 27 años pero hace lo mismo desde los 10. Primero con la familia
cerca de Zapala. Vivían asilados y Misael solo iba al pueblo para Navidad.
Ahora se pasa seis meses en el monte. Está solo con un perro y es una
personalidad única, aun para la gente de campo. Hace lo que se ve en la
película aunque ahora tenía que respetar las marcas y estaba el equipo de la
película presente. Pero se adaptó perfectamente. Cuando preparábamos una escena
yo le preguntaba cuánto iba a tardar en hacer algo y me contestaba: tres
minutos. Y tardaba tres minutos. Pero no usa reloj ni necesita medir el tiempo
de esa manera. La única diferencia en su trabajo cotidiano es que no vende la
madera sino que trabaja por un sueldo. Cuando filmamos paraba con nosotros,
pero a los diez días se volvió al monte. Una vez por semana le llevan un barril
con agua. Los domingos se acerca a las casas a tomar unos mates. Pide harina,
fideos arroz o papas. Carne no come, salvo cuando caza una mulita u otro
animal. Ahora, después del festival de Buenos Aires, se fue a Zapala a ver a
una novia que tiene. Pero ya está de nuevo en el monte. No queda mucha gente
así, que trabaja como hace 200 años con una habilidad increíble y prefiere esa
soledad. Para mí es un sabio. Sabe lo que pasa alrededor pero no está impregnado.
Hay algo curioso. En un momento de la conversación dijiste que te
habías retirado al campo, que la ciudad no te interesaba. Y te encontraste con
alguien que hizo lo mismo pero multiplicado.
Sí, hay algo de eso. Misael me
parece una especie de alter ego mío. Alguien al que no le interesa la sociedad,
que crea su propio mundo. Es impenetrable pero es rico. Pero es mejor
explorarse uno mismo que hablar del partido del domingo. Llegar a tu propio
mundo que es inaccesible. Incluso tiene algo que ver con la locura que es algo
que me fascina.
¿Te sorprendieron las reacciones que generó la película?
Un poco. Hay gente que habló de
Whitman, de Rousseau, de Nietzsche e incluso de otros nombres que no conozco.
Otros me dijeron que se sintieron estafados. Pero aun cuando me dicen que les
gusta, no sé muy bien qué es lo que les gusta. Pero supongo que siempre es así.
¿Qué pensás hacer ahora?
Ahora pienso disfrutar un poco,
recorrer los lugares a los que me inviten. Tomarme unas copas y festejar. Pero después
quiero enterrarme de nuevo en el campo. Perderme en el silencio, vivir en ese
mundo enrarecido. Y dentro de un tiempo, si puedo, hacer otra película, seguramente
sobre otro solitario. Seguir investigando, tratar de saber lo que hice.
Observar sin opinar. Descubrir al personaje. Y perderme en mi propia nada,
aunque es un juego peligroso.
¿Podés repetir la experiencia?
No sé. La verdad es que no sé. Me
pasa un poco lo mismo que a Misael. No sé si se puede recuperar esa inocencia
después de haber entrado en el mundo del cine.
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